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PREMIOS HONORÍFICOS · MIKELDI DE HONOR

MARCO BELLOCCHIO

SOLO IDA. EL CINE DE MARCO BELLOCCHIO

A la sombra de las grandes voces del cine italiano (Rossellini, Visconti, Antonioni y Fellini) surgió durante los primeros años sesenta un heterogéneo y desigual grupo de jóvenes sucesores que aspiraban a ofrecer una visión nada autocomplaciente sobre la sociedad en la que Italia se había convertido tras su resurgimiento de posguerra. Testigos del apogeo y caída en desgracia de la etiqueta neorrealista, este grupo liderado por Bernardo Bertolucci, Marco Bellochio, los hermanos Paolo y Vittorio Taviani, Marco Ferreri o Liliana Cavani, se abrió paso con una mirada crítica. Aquella generación estaba marcada por el descontento y la ira, cuando no la rabia; por la simpatía por movimientos de extrema izquierda; y por no ocultar su admiración por motivos temáticos y estilísticos de la Nouvelle Vague. El Nuovo Cinema Italiano estaba tan vagamente definido -más allá de un cierto componente generacional- como lo estuvieron el Junger Deutscher Film, el Free Cinema británico o el Nuevo Cine Español.

En ese grupo de jóvenes se sitúa el director al que ZINEBI homenajea con un merecidísimo Mikeldi de Honor, por una carrera incansable de más de medio siglo. Durante una charla con él en Bolonia, recordaba hace unos meses Michel Ciment que, en la historia del cine, hay “muchas grandes primeras películas, pero muy pocas vigésimo segundas buenas películas”. El caso de Marco Bellocchio (n. Bobbio, 1939) es una rarísima excepción: nos sobrarían los dedos de una mano para encontrar directores que iniciaron su carrera en esa época y que continúan presentando películas tan sensacionales y modernas en los grandes festivales del mundo. El motivo de su permanencia quizá haya que encontrarlo en su capacidad de no acomodarse en determinada estética o narrativa y en un furibundo inconformismo que siempre le ha llevado a cuestionar las bases de su sociedad y de sí mismo. Como si supiera que la vida es un billete de ida, Bellocchio siempre mira hacia adelante con la consigna de mantener la “curiosidad por lo irracional”, tal y como explicaba en una carta que remitió a Pier Paolo Pasolini poco después de que el maestro boloñés ensalzara nada más verla su ópera prima, I pugni in tasca (1965).

Poeta, dibujante, director de teatro y ópera, militante comprometido del movimiento Lotta Continua desde su fundación a finales de los sesenta (en el que coincidió con el escritor Erri De Luca, el periodista Adriano Sofri o el político Marco Boato) hasta su desaparición a mediados de los setenta, guionista y director de cine, podría decirse que Bellocchio se ha ido reinventando con el paso de las décadas. Sería más justo, no obstante, reconocer su capacidad para enfrentarse con rigor y convicción a la puesta en escena de todo tipo de propuestas, haciendo evolucionar una manera propia de pensar radical, culta y reconocible.

Ocurría ya en su primer largometraje. En aquella violenta I pugni in tasca (1965) la acción se desata en cualquier momento, los planos se unen en el montaje cuando hay movimiento, la puesta en escena es deliberadamente sucia, la cámara siempre parece demasiado cerca de unos personajes que no mueven a empatía del espectador. Sin concesiones, el cine del primer Bellocchio es reflejo de un compromiso extremo con sus ideas revolucionarias: de la manera que piensa (globalmente), actúa (localmente). Bellocchio se adentra en la denuncia de la represión moral y política que asfixia desde su punto de vista la vida del individuo, llamando a la denuncia, cuando no a la rebelión en documentales como Paola / Il popolo calabrese ha rialzato la testa (1969), Matti da slegare (1975) o La religione della storia (1998), pero también en ficciones como Nel nome del padre (1971), Sbatti il mostro in prima pagina (1972), o L’ora di religione / Il sorriso di mia madre(2002). Lanza miradas críticas al presente, pero también al pasado de su país en sucesos concretos como en Vincere (2009) o la sobresaliente Buongiorno, notte (2003), ficción sobre el secuestro del democristiano Aldo Moro. Un asunto, por cierto, al que regresará en 2018 a través de una serie de televisión.

Más de medio siglo de trayectoria cinematográfica ininterrumpida comprende altos y bajos en una obra por la que atraviesan muchas líneas temáticas (de la ópera a Luigi Pirandello pasando por otras adaptaciones literarias), pero entre ellas subrayamos la que nos conduce a su último trabajo, Per una rosa (2017), parte del proyecto personal que le une con el laboratorio de Fare Cinema que le ha llevado durante años, y de manera regular, de vuelta a su Bobbio natal. Allí trabaja junto a un puñado de jóvenes en la creación de piezas dramáticas grabadas apenas sin presupuesto. Así dirigió los seis fragmentos que componen Sorelle Mai (2011), en los que el director recupera la casa en la que rodó en 1965 I pugni in tasca con nuevas imágenes que tienen que ver con su propia familia, bajo una leve ficción intimista. Así, encontramos allí encarnando papeles no muy distintos de sus propias vidas, a sus tías Letizia y Maria Luisa, a su hijo, el actor Pier Giorgio, y a su hija pequeña Elena, a la que lleva grabando desde el año 1997, y que ahora protagoniza Per una rosa, cortometraje inédito en España que podremos ver en la gala de clausura de esta edición de ZINEBI.

Rubén Corral.
Programador


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