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PREMIOS HONORÍFICOS · MIKELDI DE HONOR

PATRICE CHÉREAU

PATRICE CHÉREAU. UN CINEASTA DE CARNE Y HUESO

La distancia es, como en el boxeo, uno de los factores esenciales en el cine de Patrice Chéreau (Lézigné, Francia,1944). Sus filmes, al igual que la actividad pugilística, someten a sus personajes a intensas experiencias físicas de cruda carnalidad, en las que los cuerpos gozan y sufren y las pieles supuran tanta pasión como dolor. Dedicado desde los inicios de su carrera artística al teatro, al que considera «su lengua materna», el mismo ha asegurado, sin embargo, que hace películas para acercarse a los cuerpos y encontrar una densidad física que el teatro no le puede ofrecer. Sus montajes de Fedra (Racine), Hamlet (Shakespeare), La disputa (Marivaux), Peer Gynt (Ibsen) o Rêve d’automne (Jon Fosse) lo han encumbrado como uno de los directores de escena contemporáneos de mayor relevancia en Europa y es en buena medida responsable de haber dado a conocer al público la obra de Bernard-Marie Koltès mientras ejerció de director artístico del Théâtre des Amandiers de Nanterre.

Sin abandonar nunca sus raíces teatrales, pronto se sintió tentado por la apasionada dramaturgia de la ópera, y pese a su escasa experiencia en esas lides, acepté poner en escena la tetralogía El Anillo del Nibelungo (Der Ring des Nibelungen) de Richard Wagner en el Festival de Bayreuth de 1976, con motivo del centenario de su estreno. Ingmar Bergman, Peter Brook o Peter Stein habían rechazado previamente el encargo y aunque la versión de Chéreau, levantada en apenas tres meses bajo la dirección musical de Pierre Boulez, despertó entonces aceradas críticas, se ha convertido en un hito de la representación operística moderna, El director francés trasladó la acción a la época de la revolución industrial (contexto en el que fue creada la obra), retomando tal vez las ideas de Bernard Shaw sobre las conexiones entre el oro del Rin y la maldición del capitalismo, Sin embargo, su trabajo se distinguió particularmente por la intensidad interpretativa que exigió a los cantantes y por su inusitado cariz erótico, dos características que han marcado a fuego su posterior estilo cinematográfico. Obligado como el espectador a observar las evoluciones de sus actores anclado en el patio de butacas, Chéreau decidió tomar la cámara para reducir drásticamente la distancia teatral: «el idioma del teatro es más abstracto, el del cine me acerca más a la realidad».

La cámara cinematográfica es en sus manos absolutamente orgánica y se mueve sin pudor ni ataduras en torno a los cuerpos de unos personajes cuyas relaciones se desarrollan siempre en la proximidad de las distancias cortas. La carne ya estaba presente en el titulo de su primera pelicula, La carne de la orquídea (La Chair de l’orchidée, 1974), basada en la novela homónima de James Hadley Chase, pero se palpa con especial viveza en sus cuatro obras más personales: El hombre herido (L’Homme blessé, 1983), La reina Margot (La Reine Margot, 1994), Intimidad (Intimacy, 2001) y Su hermano (Son frère,2003), en las que el director figura también como guionista, faceta que reserva en exclusiva a su actividad cinematogratica.

Estos filmes oscilan entre la sensual, y a menudo violenta, fisicidad del cuerpo y la intimidad del espíritu humano, dialéctica que se halla en el núcleo de su cine. El hombre herido propone un retrato descarnado e insano de una tormentosa pasión homosexual que surge en un ambiente sórdido y marginal. Una pintura sombría de la angustiosa necesidad física entre dos seres humanos que encuentra su correlato heterosexual casi veinte años después en Intimidad, adaptación libre de la novela de Hanif Kureishi. Dos desconocidos establecen a través de sus esporádicos encuentros sexuales un desesperado vínculo emocional que se desintegra cuando él comienza a interesarse por las insatisfactorias circunstancias personales de ella. El goce carnal se asocia así a una insalvable soledad espiritual, e Intimidad se convierte en reflejo invertido del estremecedor drama planteado por Su hermano, donde la atroz degradación de un cuerpo en estado terminal propicia no obstante el redescubrimiento afectivo entre dos hermanos anteriormente distanciados.

La reina Margot da al fin testimonio literal de que lo que Chéreau pone en escena es el propio cuerpo, empapado en sudor y sangre, y arrasado por placeres y dolores que fluyen de las pulsiones interiores del ser humano. Este espectacular y colorista fresco histórico representa con innegable aliento wagneriano la matanza de los hugonotes en la Noche de San Bartolomé, aunque es quizá la imagen final de Margot, contemplando estática el cuerpo decapitado de su amante en una habitación vacía, la que expresa con mayor belleza pictórica que el desgarro físico se torna siempre íntimo en el cine de Chéreau.

Diversos Premios Molière y galardones en los festivales de Cannes y Berlín avalan los notables resultados con los que Patrice Chéreau ha combinado sus labores de director de teatro, ópera y cine, además de actor ocasional, guionista o productor. Su polifácetica y versátil trayectoria artística lo señala por tanto como legítimo y digno representante contemporáneo del ideal del Hombre del Renacimiento.

Nekane E. Zubiaur.
Investigadora docente (UPV/EHU)

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